viernes, 3 de noviembre de 2017

Cuatro pinceladas de Miró



Por algún extraño motivo una mañana, muy temprano, me llamó. No me había dado por esperar su llamada; cuando las cosas se tienen claras desde el principio, no esperas nada. Como mucho lo que te dan. Así que me sorprendió. Era la primera vez que escuchaba su voz. Me dijo que acababa de aterrizar en el aeropuerto de Barcelona, y que si estaba dispuesta a desayunar con él.
Dicen que hasta el hombre más sensato, comete una media de tres locuras a lo largo de su vida. Sin duda esa mañana puso una cruz en su lista de permisos sin justificación.
Quedamos en la cafetería de la Fundación Miró, uno de mis lugares preferidos. Afortunadamente el impacto de la sorpresa no permitió que mi sistema nervioso despertara, y con las prisas olvidé el nudo en el estómago.
Muchos meses atrás había visto su rostro en una imagen algo alejada que lo situaba en algún lugar de la campiña inglesa. Le recordaba como una nebulosa, pero me fiaba de mi instinto y no me resultó difícil reconocerle en una sala desierta, blanca y con aroma a trementina.
Se acercó para besar mis mejillas y le abracé como si ese primer encuentro se hubiera convertido en un reencuentro. Que no es lo mismo.
Tomamos un café, o dos o tres… Algo había en nuestras miradas, algo de prohibido, de inaccesible, de culpa. Y de vez en cuando debía fijar mi vista en los colores básicos del maestro, para hacer desaparecer esa punta de deseo que me subía por las rodillas.

-          Si tuviésemos dos vidas –me decía- si hubiese sucedido antes, o nunca, o jamás...

Yo le sonreía escondiendo todos mis pensamientos, sabiendo que nunca le diría que era el hombre de mi vida, el hombre del resto de mi vida, y asentía mientras daba vueltas y vueltas a la cucharilla del café.

-          He venido para decirte que nunca debí venir...

Y sin dejarle añadir nada más, porque poco se podía agregar, le pedí que me siguiera hasta una de las salas. Nos sentamos frente a la obra “La sonrisa de una lágrima” y sin mirarle a los ojos, sin dejar de observar la pintura, le expliqué:


-          ¿Sabes? Es el clímax de la contradicción, la contraposición de los sentimientos, el sí y el no, los dos extremos del estado de ánimo: La sonrisa, la lágrima. Y tal vez uno no existiría sin el otro, no habría culpa sin deseo, ni  libertad sin  opresión, no habría pena sin alegría, ni tú sin yo.

Quise besarle entonces, cuando me acarició el pelo y se marchó. Quise haber arañado su espalda, y dejarle morder mis labios hasta sangrar, explorar, penetrar, succionar, quise haberle hecho el amor con locura, mirándonos a los ojos, sufriendo y riendo, dándole mi piel, dejándole hacer todo aquello a lo que antes me negué, quise abrazarle y que me atara las manos al espacio, que chupara las gotas con sed, que se vendara los ojos y me dejara buscar sus miedos, que me mostrara las cicatrices y contara mis pecas, que me llevase al desahogo y me hiciera estallar, que se quedara dentro y no se despidiera jamás.
Pedí que diera la vuelta, que olvidara su honestidad, que se convirtiera en alguien sin principios, en un golfo, un descreído, un irresponsable. Pedí que cerraran las puertas del museo, que nos dejasen a solas, a oscuras, que regresara, que saltase al vacío, que me amara...
Puede que un hombre valiente sea el que permanece fiel a sus promesas, no el que arriesga, el que miente, el que aventura. Puede que fuera el hombre más dulce que he conocido, y para no matar la ilusión, para no apagar la esperanza, para no perdernos el uno al otro, optase por venir para decirme que no debió llegar, y alimentar así en mí la pasión de desearle para siempre, provocando una lágrima que con el tiempo, seguro, se convertiría en una sonrisa. 

2 comentarios:

  1. Me abstraje en tus letras. Tanto, que relegué los pensamientos que pugnaban por interrumpirme esta lectura para posteriores miradas.
    Este texto tiene prórroga, Gemma.

    Hasta la sonrisa siempre.

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  2. Mucho me gustó este post. Surrealista, como el propio Miró y tan verdadero como ese mismo clímax de contradicción del que hablas, certero, yin y yang. Llevado al extremo: no habría vida sin muerte ni muerte sin vida. Desde luego, cuántas cosas queremos cuando no podemos o es demasiado tarde, entonces queremos ‘darnos’ todo en el sentido de entregarnos al completo hasta el extremo de dejarnos erosionar la piel. Tranquila, si aún buscas golfos descreídos e irresponsables sin principios ni honestidad, date una vuelta por el corazón del PP, por la calle Génova (lo de corazón es un eufemismo) y allí podrás elegir el mejor y el peor, bueno no hay, aunque creo que en tu tierra tienes varias “Genovas”, como en la mía, de eso sobra ¡qué sería de un país sin gobernantes sin principios!
    “Puede que un hombre valiente sea el que permanece fiel a sus promesas”, me quedo con esta frase. Por cierto, debo ser un hombre sensato, no llego a la media de locuras, y me arrepiento.

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